MARÍA ANTONIA POO BUENO «QUECA»: INSTRUCTORA DE DANZANTES Y TOCADORAS DE RUILOBA.

«MARÍA ANTONIA POO BUENO «QUECA»: SEMBLANZA».

Autor del texto: Aurelio Vélez García (Investigador del patrimonio cultural inmaterial de Cantabria).

El estudio de todo lo referente a la tradición es un gran cofre que contiene la labor de investigadores, estudiosos, curiosos, portadores, transmisores e informantes, en la que todos juegan un papel fundamental. Pero, en demasiadas ocasiones – al abordar los temas relacionados con el saber popular – el punto de mira se fija más en el investigador que en los verdaderos protagonistas. Por eso voy a hablaros de una de esas protagonistas, una con mayúsculas, una mujer tolana, María Antonia Poo Bueno o, mejor dicho Queca, apelativo cariñoso con el que empezó a llamarle su hermana pequeña al no saber decir correctamente su nombre, que es como gusta que le llamen y como la conocen todos sus vecinos. Escuchar su nombre evoca, para todos los que somos amantes de nuestro folklore, a los picayos, la Danza de las lanzas y el Baile a lo llano, joyas de nuestro patrimonio inmaterial que, desde su recuperación, han evolucionado de forma natural y que, por fortuna, han llegado hasta nuestros días.

Queca es sinónimo de ese conocimiento de lo popular en estado puro, a folklore y, por supuesto, a las danzas de Ruiloba, de ese acervo cultural que, poco a poco, va desapareciendo de nuestros pueblos pero que, gracias a personas como ella, sigue vivo en el presente. La importancia de su figura se fundamenta en dos pilares fundamentales: ser depositaria y transmisora. Depositaria de un saber legado, ese que no se aprende ni en las escuelas ni en las universidades, ese que se mama, heredado de las generaciones anteriores, de su madre Carmen, de sus vecinas Avelina y Lupe de quienes aprendió a tocar la pandereta y bailar la jota, quienes a la vez lo aprendieron de otras como la insigne Mari Cruz Moriyón y que ella, durante más de cincuenta años, enseñó y compartió con sus convecinos más jóvenes, formando a varias generaciones de danzantes y tocadoras en su función como transmisora, consiguiendo fortalecer los débiles eslabones que conforman la cadena de la tradición oral para que esta no se rompiera.

Pero no queda aquí su legado ya que, Queca, ha tenido y sigue teniendo su casa abierta a todos los que han querido y quieren acercarse a la tradición tolana, compartiendo con propios y extraños – entre los que me incluyo – lo que aprehendió de sus mayores, ese conocimiento adquirido de forma natural que forma parte de nuestro patrimonio inmaterial, ese que es de todos, de ricos y pobres, incluso de aquellos que aún no sabiendo leer ni escribir han permitido que todos, a día de hoy, podamos seguir ahondando y disfrutando de esta herencia cultural.

Y lo más importante, todo como dictan las leyes no escritas del pueblo, de forma anónima y desinteresada, solamente por el placer de saber que, ese tesoro que son las danzas de Ruiloba, no cayera para siempre en el olvido. Para terminar, simplemente quiero afirmar que hoy, a sus ochenta y nueve años y, mientras escribo estas líneas, Queca puede sentirse muy orgullosa de haberlo conseguido con creces.

Por esto, y por todo, solo me queda añadir una cosa: gracias Queca.


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